martes, 21 de diciembre de 2010

Vómito.

Me quedo inmóvil sobre los pies que se hunden en el concreto calándome la piel. Malditos pies, solo por ellos me sueño en un agujero de telaraña que acalambra mi esencia, congela lo que debería escurrir sobre los versos recitados por el pájaro rojo que mira el suelo, aquel pájaro que no enseña a volar, solo toma tus alas y las coloca lentamente en el suelo cuidando las heridas que puede dejar esta guerra que nadie gana.
Se acerca un monstro, rompe con todo lo material, come apariencias, rasga prejuicios, crea cielos...se acerca y me observo indefensa flotando, no veo mi cuerpo pero aún así se que esa nebulosa con partículas luminosas soy yo. El monstro saborea cada una de mis partes con vibraciones rojiazules, su trabajo es cristalizar las lágrimas que escurren por mis cabellos cajeta, todo lo desecha con un especial aroma que atrae a los más ingenuos. Solo si esperas a que llegue el final de este largo espectáculo podrás apreciar el más imperfecto y aterciopelado corazón, es un corazón con espinas para los masoquistas, dulces para los niños, amargos y azules para mí, jugoso y voraz para los hambrientos, pero demasiado carnívoro para aquellos herbívoros...
-Hola, ¿por dónde queda eso que todos dicen tener?
-Es una decisión muy delicada, si la odias podrás amar.
-Por allá al más disparejo allá
-No tiene sentido
-Los planetas son tan grandes, y yo los veo tan lejanos...
-El sueño lúcido tiene las respuestas.

Cansada del sopor corazón he decidido matar mi parte sentimental para transformarla poco a poco hasta hacerla volverse un árbol frutal del que todos se puedan deleitar y para esto tendré que destruir a los demonios, volverme perfectamente imbécil. Los arboles no pueden ser imbéciles, a menos de que no contesten una llamada...
Una llamada perdida, una evasión, un no querer comer de esa fruta que soy. Detener el tiempo y quedarme sentada frente a esta computadora que logrará entorpecer mi maldito racionalismo, obstrúyete...

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