lunes, 6 de diciembre de 2010

Rojo lila.


Recuerdo aquella noche en la que sucedió algo que realmente cambió mi realidad… Era una noche roja, cálida, iba caminando detrás de una fila de tragedias amorosas de las que solo recuerdo imágenes pequeñas y frías, me comenzaba a sentir muy mal. Los rostros se transformaban en círculos traslucidos y mi columna vertebral me empujaba hacia esa diminuta puerta de pino. El aspecto de la puerta me decía que me detuviera y aunque su sonido se iba agudizando al compás de mis temblorosas piernas, mi interior insistía con la fuerza de los fogosos latidos de mi estómago. Llegué, me arreglé el cabello, retoqué mi morado maquillaje y entré. Caí. Recuerdo a una sensual bailarina sobre mis pechos, dibujaba con verdes líneas un retrato anónimo, solo supe que era un retrato por la sonrisa…bueno, la boca. Volteé. Era el peor rostro más perfecto que nunca pude haber visto, su perfil verde, sus fosas nasales verdes y su corazón extremadamente podrido. En pocas palabras, era una perfección putrefacta, masticable y digerible. ¿Qué pasó? En realidad ni siquiera rebasaba lo monótono de una sociedad como esta pero en irrealidad realmente demasiado. Algunos pensamientos que sobrevolaban la habitación me atacaron ¡Mata!, unos labios me besaron ¡Mata!, y sus ojos me hundieron lentamente en la inmensidad infinita de un placer absurdo. Entré. Entre sus ojos había una pequeña flecha que señalaba a un agujero en el que, inmediatamente, introduje mi cabeza. Mi cabeza estaba a punto de volar hasta que un intenso blanco fue el que me hizo sentir el deseo más despiadado que nunca soñé. ¡Mata!. Mátame le grité con mi sorda e inaudible voz. La bailarina desapareció y al hacerlo, su cuerpo me hizo descubrir que existía una segunda puerta… Sabía que esta segunda puerta me llevaría a la irrealidad total y me sentía, extrañamente extasiada, podría decir que estaba a punto de tener un orgasmo visual. Al acercarme, la puerta se iba haciendo cada vez más diminuta hasta llegar al punto en el que solo pude asomar uno de mis oídos, este logró percibir la escalofriante ola de colores que inundaba el lugar, el retumbar de la ola iba minimizándose para convertirse en voces fugaces, las fugaces voces pertenecían a unas doradas mujeres con alas brillantes. Coloqué mi ojo izquierdo en la puertecilla y me sorprendí al ver que las voces eran los cuerpos de ellas, es decir, comunicaban corporalmente algunas situaciones que parecían apasionarlas. El brillo de su aura lo confirmaba. Menciono una sola aura porque estaban exactamente conectadas, parecía que eran una sola alma dividida en siete pedazos de cuerpos llenos de una impresionante energía positiva que hacía vibrar sus corazones. Existía un ambiente lleno de paz, precisamente lo que necesitaba, absurda paz y un especial olor a lavanda que se fue entrelazando con un nauseabundo e insoportable olor que me hacía sentir tan vulnerable como antes, era el olor a dolor. En ese mismo instante mi mente regresó como una película hasta un momento de mi vida lúcida en que Él, mi pareja en ese momento, me deshizo, literalmente, me deshizo, pero sobre todo logró deshacer mi espíritu de absoluta libertad. Libre, espíritu libre. El día que sucedió la explosión de mi ser había un problema en el drenaje del edificio y mi departamento se llenó de mierda tomando en cuenta la presencia de Él. El olor era asfixiante y ¡Él! Ahí… era el colmo de los colmos de mi corta existencia. Caí. Esta vez flotaba en mierda, mi rostro estaba lleno de una sustancia espesa parecida a una rosa roja. Ese día iba a pedirme matrimonio y me encontró así, una extremidad desconocida me adentraba, nuestro sudor se unía para recorrer nuestros unidos cuerpos y Él tocando la pinche puerta. No me sentí culpable porque hace ya mucho tiempo se lo había confesado, le dije que mi alma ya no estaba conectada a la suya y que en cualquier momento encontraría refugio, un refugio con fuego, agua, aire y tierra pero Él no quiso entender…Sus manos no se conformaron con cambiar de color mi piel, mi lila piel.

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