miércoles, 16 de marzo de 2011

Él.

Entrando al encierro ajeno, pensando en mis obstáculos inmediatos, sin mirarlos honestamente camino por los pasillos llenos de manchas de hoyos negros en los que sucedieron cosas que la justicia esconde con una danza violenta. Sólo son pájaros libres que mancharon sus alas, si los enjaulan quedan sumergidos eternamente en esa realidad manchada de sangre, los privan de encontrar su verdadera estancia en el mundo, su verdadera relación con el mundo.
Aquellos hombres que los cuidan, se dicen ser azules, pero solo su uniforme lo es, su sangre putrefacta recorre sus penes contagiándolos de odio, asfixian sus mentes en vez de resanarlas, en vez de dejar fluir sus pensamientos cuidando su camino. Aquellos que conservan su máscara de seguridad y tienen las manos llenas de mierda asesina, por ellos no se le puede llamar readaptación a la exclusión, es inhumano.
Así representé, así critiqué hasta que vi su rostro resplandecer, aquella mirada de placer que penetraba mi espacio vital, que movía hasta mi más íntimo sentimiento, reflejaba identidad, entrega, agradecimiento a lo que hacíamos. Todo él era el azul más filoso que me pudo haber atravesado nunca, un cuerpo opacado por la esencia de rudeza tierna que me estremecía. No pensé en nada, solo sentí su energía y recibí todo lo que expulsaba con un sutil movimiento de su labio inferior. Él era la esencia de sus compañeros, él representaba la brutal sensación de claustrofobia que no podían tener, él era esos pies que anhelan dar dos pasos más allá de las rejas.
No quería caminar fuera de ese salón gris, sentía todo el pesar de las miradas atrapadas detrás de la puerta, sentía todos los nudos en la garganta por la partida esa pequeña parte del exterior que los trasportó a otro momento, aunque muy cercano a su realidad. Me pesaban las lágrimas, resbalaban hasta mis torpes tobillos. Sus miradas, nunca las podré olvidar.
Me quedé con ese abrazo imaginario que tanto desee compartir con él, abrazo solidario que estaba separado por una barrera invisible.
Él, no sabía su nombre, ni su historia, ni sus razones de vivir, pero sus ojos vidriosos y el fantasma del abrazo, no se me borrarán. Sí, conocí el delito de Abad, y aún así mantengo mis letras atrás escritas, no lo juzgo pues sus pensamientos me son inciertos aún, sólo denuncio aquella mancha lucrativa que lo marcó aún más, una fianza para dos, encierro para uno gracias a la linda falta de esos malditos papeles hipócritamente pintados de verde.

jueves, 3 de marzo de 2011

Una historia más.

Recuerdo mis huellas sobre la húmeda calle empedrada, las luces deslumbrantes de las ambulancias que iban cerca de la avenida, a la cual no quería llegar nunca, las gotas de la primera lluvia eran ácidas y resbalaban por mi cuero cabelludo acariciandome sutilmente mis poros deseaban absorber toda la acidez posible hasta el punto de sentirme de nuevo con aquel ente que que se deslizaba en mi espíritu bajo la ruta de una serpiente veneosa, no sabía cuando iba a atacar o cuándo yo no resistiría el miedo y la trataría de alejar con un beso. Pues así, emergiendo de lo que parecía un sueño lúcido, me llegaban esos deseos con cada gota, sentía una cuerda que me jalaba hacia la pequeña escalera que había bajado metros antes, esa escalera se dirigía cautelosamente hacía una puerta de un departamento diminuto, con dos camas diminutas con sábanas diminutamente azules como mis cabellos. En él se encontraban tres personas, una grande, una loca y uno que pensaba en ella, aquella mujer del cabello castaño, ojos de enredadera, sonrisa inigualable, él la deseaba. Uno, fue absorbido por mi cerebro, partícula por partícula, mi estómago lo digirió y de él salían lechuzas grises, con él podría cruzar el universo y tomar café hirviendo en una taza de papel imaginario, verlo dormir sin parpadear, acariciar su guitarra pues sentía que era parte de él, conocer cada imperfección y crearle una historia memorable, pero solo era un ideal más.Nada trascendente.
Sigo por esa calle, los ojos bajan su color, decido volver a caminar para que mi melancolía fuera más abundante y poder deprimirme adolescentemente a gusto, entonces, mi mente comenzó a cambiar el aspecto de todo mi alrededor, las gotas eran rojas, los charcos verdes, las ambulancias tenían vida y me veían con ojos de compasión, las personas crecían al acercarse y se convertían horrorosos monstruos con cerebros pequeños que me observaban criticando cada estupidez visible, no sabían que me ocurria y ni les importaba, solo absorbían la poca buena vibra que exhalaba. La cuerda que me ató, se hizo visible, era de un amarillo chillante, crujía a cada paso, veía el sol caer sobre el mirador de la cuidad invisible y quería que mis lágrimas inundaran todo para poder llegar nadando, y que la cuerda se pudriera, y que mi espíritu se elevara como en unos momentos antes.
Lo anterior pasó, fue, creció, se reprodujo y murió. No había vuelto a caminar por esas calles... hasta aquella conexión que tuve con Uno atravez del mejor lugar para estar juntos, el mundo de los sueños...